miércoles, 1 de junio de 2016

Reflexión para el X Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo C

“Se compadeció de ella y le dijo: No llores”


Lecturas: 1 Reyes 17,17-24; Salmo 29; Gálatas 1,11-19
Evangelio según San Lucas 7, 11-17

Este año la Iglesia lo ha dedicado de manera especial a la práctica de la “Misericordia”, elemento imprescindible en la vida de un cristiano. Este domingo, la palabra de Dios quiere que demostremos nuestra sincera disponibilidad para actuar con misericordia. Tanto la primera lectura como el Evangelio de hoy nos describen el modo de obrar. El Profeta Elías y Jesús comparten un escenario casi igual: una viuda que ha perdido a su único hijo y llora desconsolada. Ambos no se quedan inertes, van, actúan, consuelan, se compadecen y cambian aquella tristeza en gozo: “Mira tu hijo está vivo” dice Elías; “Joven, yo te lo mando: levántate.” exclama Jesús.

Los cristianos de hoy no podemos ser simples espectadores, debemos ir al encuentro de aquellos que sufren. El Evangelio que meditamos nos relata que, el Maestro Bueno, mirando a la viuda “…se compadeció de ella y le dijo: No llores”, esa actitud del Señor nos hace falta a nosotros: compadecernos, es decir, sufrir con el otro, “no es tener lástima”, no, es involucrarse en la vida del que sufre, que ha perdido toda esperanza, que se siente solo, abandonado y excluido, llevarle una palabra de ánimo “no llores”, que, en ese momento, es como la caricia de Dios que nunca abandona, aún cuando todo parezca perdido.

¡Cuántas familias han tenido que sufrir la pérdida de sus seres queridos! ¡Cuántos cristianos son perseguidos y enjuiciados y nadie los acompaña ni comprende! ¡Cuántos hombres, mujeres y niños se sienten solos porque no hay nadie que les consuele en la adversidad! ¡Cuántas personas hoy son víctimas de gobiernos inescrupulosos que no se compadecen de las necesidades de su pueblo! ¿Nos quedaremos de brazos cruzados? El Papa Francisco nos ha pedido salir, ser una Iglesia en salida implica ir y acercarse, así como hizo Jesús al ver llorar a aquella viuda, y no solo acercarse, sino también tocar, el Señor tocó el ataúd, esto indica que nosotros tenemos que “tocar”, hacer nuestras, las necesidades del hermano que está caído y desesperanzado.

Todos estamos llamados a compadecernos de los hermanos, a colocarnos en los zapatos del otro, quizá no nos sintamos dignos, pero aún así, Dios nos ha elegido para ser portadores de consuelo y esperanza. San Pablo nos lo deja ver, él, antes, era un perseguidor, alguien que no era capaz de compadecerse, ahora se siente elegido por el Señor: “Dios me ha elegido desde el seno de mi madre, y por su gracia me llamó”.

Pidamos al Señor que nada nos detenga ante el sufrimiento del hermano. Ser misericordiosos exige ir, hablar, acompañar, llevar sobre los brazos, como Elías, aquello que es causa de dolor, y transformarlo en esperanza y gozo, hasta el punto de que a quien nos acercamos pueda experimentar la presencia de Dios y exclamar: “Convertiste mi duelo en alegría…Te alabaré Señor eternamente”.

Pbro. Yhoan Horacio Márquez Rosario – Sacerdote de la Diócesis de San Cristóbal – Venezuela.

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